Cada mañana, Lidia se sube a la báscula y anota las sutiles variaciones de su peso. Tiene 74 años y, al levantarse, se coloca frente al espejo y busca la luz más cruel, aquella que mejor resalte las señales de la edad en su rostro. La mejilla vacía. El párpado que se afloja. Los hombros caídos. Le gustaría que ese paisaje desolador no le importara, pero le importa. Y mañana volverá a importarle, como ya le importó ayer.
Ella, como tantas de nosotras, sigue presa de las obligaciones que nos impone la mirada de los demás: no importa la edad, una debe ser siempre joven. Y, sin embargo, la vejez hoy en día es un fenómeno de masas: casi un 23 % de la población española supera los 65 años. ¿Por qué, entonces, nos siguen considerando —sobre todo a nosotras—mercancía caducada?
Palabras mayores es mucho más que un libro: quiere ser un manifiesto que convoque a todas aquellas que, llegadas a la madurez, redescubrimos nuestro cuerpo y nos negamos a esconder las arrugas. A aquellas que pensamos que, por más que diga nuestro carnet de identidad, aún nos queda mucha vida por delante. Y que, ante el espejo, proclamamos con una sonrisa: sí, soy vieja, ¡y a mucha honra!
(Turín, 1951) tiene 74 años y lleva obsesionada con el tiempo desde los 26. Ya entonces se acostaba tarde para robarle horas a la noche, y siempre ha detestado los ratos muertos (la cola del súper, las llamadas inútiles, las charlas intrascendentes), aquellos momentos que no le permiten disfrutar de la existencia. De hecho, lleva toda la vida haciendo lo posible por no «perder el tiempo»: en 1976 saltó a la fama con su novela Porci con le ali, manifiesto generacional que vendió más de 3 millones de ejemplares y fue traducido a múltiples lenguas, y a día de hoy acumula más de 30 obras publicadas entre novela, ensayo y teatro. En Palabras mayores. Un manifiesto a favor de la vejez (Ned Ediciones, 2026), nos invita a desafiar al DNI y seguir viviendo al máximo. La edad es lo de menos.